Vicente Herrera Márquez
Me estas llamando página del cuaderno olvidado.
Me incitas de día, interrumpes mi sueño en la noche.
Apareces en el recuerdo y te asomas en la esperanza.
Quieres que siga escribiendo esas páginas que faltan,
quieres que agregue letras al alfabeto ya escrito,
como lo hacía ayer, en junio, en abril o el año pasado.
Pero dime página insistente ¿Qué quieres que escriba?
¿Un poema trivial? ¿Una crónica rosa? ¿O un tratado de vida?
¿Una oda al desgano? ¿Un reto al destino? ¿O un lamento de amor?
No sé qué escribir. No sé.
No encuentro motivo, pretexto o razón,
y sin embargo los hay, y vaya que los hay.
De todo podría con versos y prosa llenar calendarios.
Pero…
Las palabras que vienen enredan las letras con hilos de olvido.
Son oraciones que pujan pero no las pare una pluma sin tinta.
Son versos con humo y café, que se ahogan en vino de hoy y besos de ayer.
Son preguntas que quieren respuestas.
Son te quiero que ansían destino.
Son lamentos que quieren consuelo.
Son susurros que precisan oídos que los atrapen antes que el viento.
Son gritos ahogados que emergen y se encuentran con labios cerrados.
Son solo palabras, pequeñas y simples palabras.
¿Para qué las voy a escribir?
Si tan solo son… sencillas palabras de amor.
Cuentos, poemas, crónicas, opiniones, pensamientos, divagaciones e inquietudes de un hijo de la patagonia; modelado, bien o mal, por el indómito y soberbio viento Kóshkil...
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domingo, mayo 29, 2011
sábado, mayo 07, 2011
Flor prematura
Vicente Herrera Márquez
Fue un soplo de vida,
un soplo que duró un instante.
Fue relámpago de vida y trueno milagroso.
Fue flor que se abrió antes del tiempo de florecer.
Fue una Violeta milagrosa que unió corazones en plegaria,
y con su presencia corta hizo latir vidas y conjugar esperanzas.
La vida se presiente, la vida se palpa, la vida se siente,
hasta se puede pintar y también ponerle sabor.
Y ahora pregunto:
¿La vida se ve?
Díganme que no, que no se ve y con rabia les respondo:
¡No les creo! Pues yo además de sentirla y palparla, la vi.
Sí, la vi y me sobrecogió, me sentí pequeño, muy pequeño.
Me sentí polvo del aire, solo fui suspiro y lamento.
¡Pero vi la vida!
Allí en el vientre artificial vi la vida pequeña y grande
y vi las ganas de vivirla.
Vi la fuerza grande de una pequeña
y vi la fuerza inmensa de una madre.
Pero ni la grande, ni la inmensa fuerza, fueron suficientes,
los diminutos pulmones no fueron capaces,
el pequeño corazón no pudo vencer los caprichos del destino.
Las plegarias no alcanzaron a doblegar los designios de lo desconocido.
El Dios de los creyentes, de entre la multitud que pide,
no alcanzó a oír a tiempo los ruegos de una madre y los reclamos de un padre.
Tampoco la ciencia sabia y los doctores pudieron completar lo que la naturaleza no quiso.
Faltaban tres meses de vientre materno,
tres meses de desarrollo natural ,
tres meses para gestarse en flor,
aún así nació, y era una muñequita,
era una hermosa flor,
que a todos les trajo algo y a todos les dejó mucho.
¡Dejó tanto! En una semana larga, llena de esperanza.
¡Dejó tanto! En la semana corta que vivió en un vientre artificial.
Y a mí, simple mortal, abuelo e insignificante poeta,
esa flor, Violeta pequeñita, me mostró el misterio de la vida.
Fue un soplo de vida,
un soplo que duró un instante.
Fue relámpago de vida y trueno milagroso.
Fue flor que se abrió antes del tiempo de florecer.
Fue una Violeta milagrosa que unió corazones en plegaria,
y con su presencia corta hizo latir vidas y conjugar esperanzas.
La vida se presiente, la vida se palpa, la vida se siente,
hasta se puede pintar y también ponerle sabor.
Y ahora pregunto:
¿La vida se ve?
Díganme que no, que no se ve y con rabia les respondo:
¡No les creo! Pues yo además de sentirla y palparla, la vi.
Sí, la vi y me sobrecogió, me sentí pequeño, muy pequeño.
Me sentí polvo del aire, solo fui suspiro y lamento.
¡Pero vi la vida!
Allí en el vientre artificial vi la vida pequeña y grande
y vi las ganas de vivirla.
Vi la fuerza grande de una pequeña
y vi la fuerza inmensa de una madre.
Pero ni la grande, ni la inmensa fuerza, fueron suficientes,
los diminutos pulmones no fueron capaces,
el pequeño corazón no pudo vencer los caprichos del destino.
Las plegarias no alcanzaron a doblegar los designios de lo desconocido.
El Dios de los creyentes, de entre la multitud que pide,
no alcanzó a oír a tiempo los ruegos de una madre y los reclamos de un padre.
Tampoco la ciencia sabia y los doctores pudieron completar lo que la naturaleza no quiso.
Faltaban tres meses de vientre materno,
tres meses de desarrollo natural ,
tres meses para gestarse en flor,
aún así nació, y era una muñequita,
era una hermosa flor,
que a todos les trajo algo y a todos les dejó mucho.
¡Dejó tanto! En una semana larga, llena de esperanza.
¡Dejó tanto! En la semana corta que vivió en un vientre artificial.
Y a mí, simple mortal, abuelo e insignificante poeta,
esa flor, Violeta pequeñita, me mostró el misterio de la vida.
martes, mayo 03, 2011
Largo e interminable abril
Vicente Herrera Márquez
Y se fue abril...
y mayo también.
Y se fue el otoño.
Y se fue el invierno buscando primavera
dejando atrás el frío esperando que volvieras.
No son sólo meses y estaciones que se han ido.
Se está yendo el tiempo del tiempo que me queda.
Se está yendo la vida entre las rendijas de la espera.
También se va tu risa, se va tu llanto, se va tu canto.
¿Que queda? Nada queda, solo ecos, solo huellas
en el sendero que el tiempo va borrando.
Cambié el cristal que estaba roto en la ventana,
colgué los cuadros que estaban arrumbados,
borré páginas de versos inconclusos sin sentido,
archivé aquellas tuyas que tenían un te quiero,
y guardé las sabanas que atraparon tu perfume
esperando que pasara el largo abril.
Y mientras, sin saber si es verano, abril o primavera
lloro y grito tu ausencia a las paredes insensibles,
pregunto con rabia a tu rostro atrapado en el retrato
esperando como niño una respuesta,
esperando como enamorado una mentira
y como hombre herido esperando la verdad.
Y se fue abril...
y mayo también.
Y se fue el otoño.
Y se fue el invierno buscando primavera
dejando atrás el frío esperando que volvieras.
No son sólo meses y estaciones que se han ido.
Se está yendo el tiempo del tiempo que me queda.
Se está yendo la vida entre las rendijas de la espera.
También se va tu risa, se va tu llanto, se va tu canto.
¿Que queda? Nada queda, solo ecos, solo huellas
en el sendero que el tiempo va borrando.
Cambié el cristal que estaba roto en la ventana,
colgué los cuadros que estaban arrumbados,
borré páginas de versos inconclusos sin sentido,
archivé aquellas tuyas que tenían un te quiero,
y guardé las sabanas que atraparon tu perfume
esperando que pasara el largo abril.
Y mientras, sin saber si es verano, abril o primavera
lloro y grito tu ausencia a las paredes insensibles,
pregunto con rabia a tu rostro atrapado en el retrato
esperando como niño una respuesta,
esperando como enamorado una mentira
y como hombre herido esperando la verdad.
sábado, abril 23, 2011
Del tiempo de las cartas
Vicente Herrera Márquez
Han pasado muchos meses
desde el tiempo de las cartas.
Han crecido y decrecido muchas lunas.
Han germinado, florecido y fenecido las plantas temporales.
Se han marchitado las flores que adornaban el balcón.
Se ha muerto la mariposa que volaba entre azucenas y alelíes.
Se durmieron las cuerdas de la guitarra
que vibró apasionada en noche de luna ausente.
Se secaron los surcos de sudor que recorrían la piel sedienta.
Se acallaron en sueño aletargado los suspiros del deseo.
¡Ay amor! ¡Ha pasado tanto tiempo!
Desde el día que juntamos nuestros labios,
desde el día que fundimos nuestros cuerpos
en un abrazo de amor enloquecido,
aquella noche de lluvia, truenos, quejidos y susurros
en un hostal escondido en las colinas de Ouro Preto.
Han pasado muchos meses
desde el tiempo de las cartas.
Han crecido y decrecido muchas lunas.
Han germinado, florecido y fenecido las plantas temporales.
Se han marchitado las flores que adornaban el balcón.
Se ha muerto la mariposa que volaba entre azucenas y alelíes.
Se durmieron las cuerdas de la guitarra
que vibró apasionada en noche de luna ausente.
Se secaron los surcos de sudor que recorrían la piel sedienta.
Se acallaron en sueño aletargado los suspiros del deseo.
¡Ay amor! ¡Ha pasado tanto tiempo!
Desde el día que juntamos nuestros labios,
desde el día que fundimos nuestros cuerpos
en un abrazo de amor enloquecido,
aquella noche de lluvia, truenos, quejidos y susurros
en un hostal escondido en las colinas de Ouro Preto.
Balcón Andaluz
Vicente Herrera Márquez
Una voz de mujer en la altura me llama
desde las penumbras de un balcón enrejado,
que se encarama en la falda de una blanca pared.
No está en el camino de los pueblos blancos
en la ibérica península de allende el océano.
Está en una calle de una ciudad muy al sur,
esta en un barrio a los pies de montes andinos nevados,
esta en mi tierra fecundada por mezcla de razas.
Es una postal escondida entre moles de frío cemento,
que pintó en otro siglo algún olvidado inmigrante español
que ancló y murió en una esquina cercana al Pacífico mar.
Hay adoquines de negra piedra brillantes y mojados,
por la garúa que cae rayando la luz de un solitario farol,
que ilumina el portal que invita a entrar en esa postal.
Atravieso una puerta con reja de arabesco fierro forjado
y un ¡Olé! de mujer, me transporta a un rincón andaluz.
Un rincón de cante, de palmas sonoras y baile,
de guitarras, tacones y castañuelas que cantan.
Su mano toma la mía, siento calor de estirpe morisca
que corre y se mezcla con savia, con sangre
de poeta bohemio, hijo del hasta hoy indómito Arauco.
Me conduce al balcón del cual me llegó su llamada incitante,
donde oscuras cortinas nos dejan a la sombra de luna escondida.
Mis ojos preguntan, un dedo en sus labios me dice: Silencio
y luego con calma su boca responde con besos muy rojos.
Mis labios tiritan, su mirada es un dardo de fuego
que quema la piel y tensa las cuerdas del cuerpo impaciente.
Fuego que se hace sed para el vino y espanta el frío de otoño.
Es el preludio de romance, de juegos calientes y cena de amor,
con zumo de mi tierra generosa y hoguera de hembra andaluza,
que vibra en guitarra y tiembla con ritmo de punzante tacón,
hiere la piel e incita a emerger el deseo latente del macho del sur.
La noche es cómplice, las guitarras sonoras compinches,
las castañuelas comparsa incitante y el vino sangre de vida.
El frío se aleja, la penumbra se quiebra, la luna aparece.
La piel española muy blanca excita y encanta al sureño varón.
y el músculo moreno sin doblegar impone su estirpe araucana.
Es una noche de lucha y amor, también de guerra y pasión,
sin ganador ni vencido, ambos triunfantes con rabo y oreja,
en ese campo de lid enclavado en una calle de Santiago del Sur,
distante de España y muy lejos de Córdoba, Sevilla o Granada.
El amor con luz, caricias y guiños de luna, en un chileno balcón andaluz.
Una voz de mujer en la altura me llama
desde las penumbras de un balcón enrejado,
que se encarama en la falda de una blanca pared.
No está en el camino de los pueblos blancos
en la ibérica península de allende el océano.
Está en una calle de una ciudad muy al sur,
esta en un barrio a los pies de montes andinos nevados,
esta en mi tierra fecundada por mezcla de razas.
Es una postal escondida entre moles de frío cemento,
que pintó en otro siglo algún olvidado inmigrante español
que ancló y murió en una esquina cercana al Pacífico mar.
Hay adoquines de negra piedra brillantes y mojados,
por la garúa que cae rayando la luz de un solitario farol,
que ilumina el portal que invita a entrar en esa postal.
Atravieso una puerta con reja de arabesco fierro forjado
y un ¡Olé! de mujer, me transporta a un rincón andaluz.
Un rincón de cante, de palmas sonoras y baile,
de guitarras, tacones y castañuelas que cantan.
Su mano toma la mía, siento calor de estirpe morisca
que corre y se mezcla con savia, con sangre
de poeta bohemio, hijo del hasta hoy indómito Arauco.
Me conduce al balcón del cual me llegó su llamada incitante,
donde oscuras cortinas nos dejan a la sombra de luna escondida.
Mis ojos preguntan, un dedo en sus labios me dice: Silencio
y luego con calma su boca responde con besos muy rojos.
Mis labios tiritan, su mirada es un dardo de fuego
que quema la piel y tensa las cuerdas del cuerpo impaciente.
Fuego que se hace sed para el vino y espanta el frío de otoño.
Es el preludio de romance, de juegos calientes y cena de amor,
con zumo de mi tierra generosa y hoguera de hembra andaluza,
que vibra en guitarra y tiembla con ritmo de punzante tacón,
hiere la piel e incita a emerger el deseo latente del macho del sur.
La noche es cómplice, las guitarras sonoras compinches,
las castañuelas comparsa incitante y el vino sangre de vida.
El frío se aleja, la penumbra se quiebra, la luna aparece.
La piel española muy blanca excita y encanta al sureño varón.
y el músculo moreno sin doblegar impone su estirpe araucana.
Es una noche de lucha y amor, también de guerra y pasión,
sin ganador ni vencido, ambos triunfantes con rabo y oreja,
en ese campo de lid enclavado en una calle de Santiago del Sur,
distante de España y muy lejos de Córdoba, Sevilla o Granada.
El amor con luz, caricias y guiños de luna, en un chileno balcón andaluz.
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