Vicente Herrera Márquez
Vestido con piel de tehuelche,
el guanaco en lo alto del cerro
vigilante escudriña la inmensidad.
Un aguilucho, como saeta, cae en picada,
de nada sirve, el tucu-tucu ya se escondió.
Un ñandú macho en cortejo bate sus alas,
sacudiendo el viento con sus plumeros.
Una piche cava en tierra, su guarida para parir.
Una bandada de corraleras aletea sobre el arreo,
que ovejeros y perros van empujando,
para ganar en carrera hasta la estación
a la nube de polvo que va detrás.
Flecha de avutardas vuela hacia el norte,
un remolino, cono invertido, dibuja el cielo.
Cientos de aves, enormes, de cobre y fierro,
balancean su cuerpo, como los chorlos para comer.
Gusanos fríos, sin cuero, sin pelos ni plumas,
con dientes de diamante, ávidos de profundidad
desde torres trepanan, del indio, la historia,
buscando, de la roca, en el fondo viscosidad,
que para el hombre es la energía para vivir.
En cambio el guanaco, el ñandú, la mara,
el espino, el molle y la mata negra;
el zorro, el piche, el tucu-tucu y la bandurria;
el coirón, el algarrobo y el calafate;
el aguilucho, el carancho, las avutardas y la perdiz;
el tero, el chorlo, las corraleras y los pichones,
no necesitan de la tierra su sangre negra y espesa,
solamente de Patagonia pueden vivir.
Cuentos, poemas, crónicas, opiniones, pensamientos, divagaciones e inquietudes de un hijo de la patagonia; modelado, bien o mal, por el indómito y soberbio viento Kóshkil...
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miércoles, septiembre 27, 2006
El aroma del aromo
Vicente Herrera Márquez
El aroma del aromo me trae olores guardados,
perfumes de primaveras y amores de juventud,
mezclados con verde hierba y flores multicolores,
maceradas en ardiente sudor de una piel caliente;
que hoy en la distancia mis manos palpan y sienten.
Distancias de muchos años, alargadas con vivencias,
que van relegando a rincones recuerdos del pasado,
pero que reviven cada año cuando florece el aromo.
La calle donde hoy vivo esta bordeada de aromos.
Cuando camino por ella te siento a mi lado pequeña,
siento que mis manos con fuerza aprietan las tuyas.
Mi mirada se funde en tus ojos para revivir el paisaje,
que tengo muy guardado en los archivos del tiempo.
Cuando huelo aquel aroma vuelvo a la plaza de antaño,
y cuando cierro los ojos, siento en mi boca tus labios.
Por eso me gusta mi calle cuando florece el aromo.
Espero vivir cien años y siempre en la misma calle,
aunque tenga que transitarla con ruedas y con ayuda.
Esperare pasen agostos con ansias de adolescente,
sabiendo que al recorrerla, tu presencia yo sentiré.
Tus manos, tus ojos, tu boca, tu aroma serán recuerdos,
recuerdos de juventud, que siempre estarán latentes,
guardados y atesorados como bellos sueños dormidos
que reviven cada año, cuando florece el aromo.
El aroma del aromo me trae olores guardados,
perfumes de primaveras y amores de juventud,
mezclados con verde hierba y flores multicolores,
maceradas en ardiente sudor de una piel caliente;
que hoy en la distancia mis manos palpan y sienten.
Distancias de muchos años, alargadas con vivencias,
que van relegando a rincones recuerdos del pasado,
pero que reviven cada año cuando florece el aromo.
La calle donde hoy vivo esta bordeada de aromos.
Cuando camino por ella te siento a mi lado pequeña,
siento que mis manos con fuerza aprietan las tuyas.
Mi mirada se funde en tus ojos para revivir el paisaje,
que tengo muy guardado en los archivos del tiempo.
Cuando huelo aquel aroma vuelvo a la plaza de antaño,
y cuando cierro los ojos, siento en mi boca tus labios.
Por eso me gusta mi calle cuando florece el aromo.
Espero vivir cien años y siempre en la misma calle,
aunque tenga que transitarla con ruedas y con ayuda.
Esperare pasen agostos con ansias de adolescente,
sabiendo que al recorrerla, tu presencia yo sentiré.
Tus manos, tus ojos, tu boca, tu aroma serán recuerdos,
recuerdos de juventud, que siempre estarán latentes,
guardados y atesorados como bellos sueños dormidos
que reviven cada año, cuando florece el aromo.
Duele el silencio
Vicente Herrera Márquez
Toco a tu puerta, esperando que se abra,
espero verte, la puerta esta cerrada.
Pregunto al viento, mi cómplice de cuitas,
no me responde, también sopla en sordina.
Espero una palabra, tu boca esta callada.
Espero un guiño, una mueca, una mirada,
mis ojos escudriñan, de ti no encuentran nada.
Duele el silencio, tu silencio duele.
Daña aquí dentro tu cruel indiferencia.
Hiere tu distancia y tu falta de presencia.
Más hieren tus ausencias de respuestas.
Tortura el silencio de tu risa y tus enojos,
también del susurro, que mi nombre deletrea.
Lacera los oídos la falta de oraciones,
y lastima la carencia de un saludo o despedida.
Duele el silencio, tu silencio duele
No es solo el silencio de sonidos conocidos.
Es la ausencia de decires por pluma dibujados.
Es la retirada de ademanes expresivos.
Son huidas de posibles encuentros de miradas.
Amiga, levanta las barreras del castigo,
perdona mis acciones y palabras ofensivas.
Porque duele el silencio, tu silencio duele.
Duele en el sueño, la vigilia, la piel y la razón.
El viento, la nieve y las heladas del invierno,
ahogan los sonidos y escarchan las palabras.
Aquellas hilvanadas en febrero del verano,
y que estiraron el calor hasta mayo del otoño,
palabras que callaron en el apogeo del solsticio.
Ay amor, si supieras como duele tu silencio,
quizás cantarías con fuerza, contra el viento,
y gritando romperías, del hielo, los cristales.
Toco a tu puerta, esperando que se abra,
espero verte, la puerta esta cerrada.
Pregunto al viento, mi cómplice de cuitas,
no me responde, también sopla en sordina.
Espero una palabra, tu boca esta callada.
Espero un guiño, una mueca, una mirada,
mis ojos escudriñan, de ti no encuentran nada.
Duele el silencio, tu silencio duele.
Daña aquí dentro tu cruel indiferencia.
Hiere tu distancia y tu falta de presencia.
Más hieren tus ausencias de respuestas.
Tortura el silencio de tu risa y tus enojos,
también del susurro, que mi nombre deletrea.
Lacera los oídos la falta de oraciones,
y lastima la carencia de un saludo o despedida.
Duele el silencio, tu silencio duele
No es solo el silencio de sonidos conocidos.
Es la ausencia de decires por pluma dibujados.
Es la retirada de ademanes expresivos.
Son huidas de posibles encuentros de miradas.
Amiga, levanta las barreras del castigo,
perdona mis acciones y palabras ofensivas.
Porque duele el silencio, tu silencio duele.
Duele en el sueño, la vigilia, la piel y la razón.
El viento, la nieve y las heladas del invierno,
ahogan los sonidos y escarchan las palabras.
Aquellas hilvanadas en febrero del verano,
y que estiraron el calor hasta mayo del otoño,
palabras que callaron en el apogeo del solsticio.
Ay amor, si supieras como duele tu silencio,
quizás cantarías con fuerza, contra el viento,
y gritando romperías, del hielo, los cristales.
martes, septiembre 26, 2006
Arriero de viento austral
Vicente Herrera Márquez
Retando la cerrazón que opaca la luz del sol,
rasgando polvaredas que hieren la piel curtida,
con la distancia adelante y los recuerdos atrás,
el arriero de viento austral se bebe los vendavales,
cruzando pampas de espinos y coironales.
Empuja rebaños de sueños truncos y de animales,
siempre buscando el norte en la cruz del sur.
Avanza jornadas de leguas en pampa incierta
y entre las pilchas, el pilchero carga su propia cruz.
Por cada nombre, a cada uno llama a sus perros,
sus confidentes, sus compañeros y amigos fieles.
Sus ayudantes que apuran y quizás no piensan,
no añoran el principio ni van esperando el final,
ellos arrean las ovejas y el jinete se ocupa en pensar.
Recuerda ojos oscuros, sonrisa blanca en piel morena,
risa inocente, labios ardientes color rubí
y un pelo negro que sus dedos enredan,
torpemente urdiendo australes sueños de amor…
Piensa en los gavilanes que acechan en las ausencias
rondando el rancho donde esta sola su compañera
y piensa que tras un requiebro puede partir.
Largo se hace el camino, siempre el destino esta lejos.
Larga se hace la espera, entre mates y pensamientos.
Ella piensa que al final del arreo, cansado de tanta pampa,
después de haberse bebido el polvo y su sequedad,
en otro rancho, con otro mate, el hombre sacia la sed
y en otros ojos y en otras trenzas, se esta enredando
el centauro de tantas leguas, el arriero de viento austral
Retando la cerrazón que opaca la luz del sol,
rasgando polvaredas que hieren la piel curtida,
con la distancia adelante y los recuerdos atrás,
el arriero de viento austral se bebe los vendavales,
cruzando pampas de espinos y coironales.
Empuja rebaños de sueños truncos y de animales,
siempre buscando el norte en la cruz del sur.
Avanza jornadas de leguas en pampa incierta
y entre las pilchas, el pilchero carga su propia cruz.
Por cada nombre, a cada uno llama a sus perros,
sus confidentes, sus compañeros y amigos fieles.
Sus ayudantes que apuran y quizás no piensan,
no añoran el principio ni van esperando el final,
ellos arrean las ovejas y el jinete se ocupa en pensar.
Recuerda ojos oscuros, sonrisa blanca en piel morena,
risa inocente, labios ardientes color rubí
y un pelo negro que sus dedos enredan,
torpemente urdiendo australes sueños de amor…
Piensa en los gavilanes que acechan en las ausencias
rondando el rancho donde esta sola su compañera
y piensa que tras un requiebro puede partir.
Largo se hace el camino, siempre el destino esta lejos.
Larga se hace la espera, entre mates y pensamientos.
Ella piensa que al final del arreo, cansado de tanta pampa,
después de haberse bebido el polvo y su sequedad,
en otro rancho, con otro mate, el hombre sacia la sed
y en otros ojos y en otras trenzas, se esta enredando
el centauro de tantas leguas, el arriero de viento austral
Amantes de luna en menguante
Vicente Herrera Márquez
Fuimos postreros estertores de finales de un verano.
Estertores de dos cuerpos que vagaban solitarios,
dibujando soledades en las arenas de Ipanema.
Solo fuimos amantes del menguante de una luna,
ni tu nombre ni mi nombre se grabaron en recuerdos.
Fue nuestro propio carnaval sin guirnaldas ni caretas,
labios conjugados, brazos apretados, muslos distendidos,
en noches calientes con ritmo de samba y bossa-nova,
que duro tanto como mengua o crece la cara de la luna
o tan poco como dura la vibrante pasión del carnaval.
Fuimos corso, fui Rey Momo y tú fuiste la comparsa
de contornos tentadores cubiertos con tu piel anochecida.
Fui tu amante anónimo, vagabundo de otras tierras,
que con el frenético y cimbreante ondular de tus caderas,
olvide la soledad que cargaba como parte de equipaje.
Después de tres noches con sus días de atlánticas caricias,
retozando complacidos en lecho con sabanas de arena,
muy de amanecida, no se si fue un llamado o fue locura;
desnuda corriste hacia la luz que en el este se insinuaba
y sin detenerte te fuiste perdiendo entre olas encrespadas,
hasta alcanzar la luz y fundirte con el sol en un abrazo.
Solo otra vez en la orilla, en arena mojada dibujando,
Pensando, acongojado, que no supe llenar tu soledad
en ese corto y loco carnaval de la playa de Ipanema.
Fuimos postreros estertores de finales de un verano.
Estertores de dos cuerpos que vagaban solitarios,
dibujando soledades en las arenas de Ipanema.
Solo fuimos amantes del menguante de una luna,
ni tu nombre ni mi nombre se grabaron en recuerdos.
Fue nuestro propio carnaval sin guirnaldas ni caretas,
labios conjugados, brazos apretados, muslos distendidos,
en noches calientes con ritmo de samba y bossa-nova,
que duro tanto como mengua o crece la cara de la luna
o tan poco como dura la vibrante pasión del carnaval.
Fuimos corso, fui Rey Momo y tú fuiste la comparsa
de contornos tentadores cubiertos con tu piel anochecida.
Fui tu amante anónimo, vagabundo de otras tierras,
que con el frenético y cimbreante ondular de tus caderas,
olvide la soledad que cargaba como parte de equipaje.
Después de tres noches con sus días de atlánticas caricias,
retozando complacidos en lecho con sabanas de arena,
muy de amanecida, no se si fue un llamado o fue locura;
desnuda corriste hacia la luz que en el este se insinuaba
y sin detenerte te fuiste perdiendo entre olas encrespadas,
hasta alcanzar la luz y fundirte con el sol en un abrazo.
Solo otra vez en la orilla, en arena mojada dibujando,
Pensando, acongojado, que no supe llenar tu soledad
en ese corto y loco carnaval de la playa de Ipanema.
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